domingo, 29 de octubre de 2017
domingo, 22 de octubre de 2017
lunes, 16 de octubre de 2017
sábado, 14 de octubre de 2017
domingo, 8 de octubre de 2017
domingo, 1 de octubre de 2017
El aduanero de isla fantasia
El aduanero de isla fantasía.
El barco zarpo
temprano, violetas, azules y
amarillos izaban suavemente del
horizonte un nuevo día, el pasaje lo componían un grupo de turistas y otras
personas que supuse serian lugareños, gente que habitaba permanentemente en la isla
a la que nos dirigíamos y desde donde yo había recibido la carta de mi amigo Anastasio
en la que me invitaba a visitarlo.
El grupo de turista se movía apelotonado de babor a
estribor, como si de un banco de sardinas
se tratase, disparando compulsivamente sus móviles sobre ellos mismos, forzando
una risa, que más se parecía a una gimnasia facial que a una muestra de alegría,
por su aptitud, parecía que venían a
conquistar la isla y no a disfrutarla.
El otro grupo, los que supuse lugareños, portaban
macutos y pequeñas bolsas hechas de cuerdas, como si fueran redes de pesca
donde guardaban sus provisiones, era un grupo de unos treinta entre hombres
mujeres y niños, delgados y de piel muy morena,
gente muy tranquila, de ojos pardos, que parecían acariciar las cosas
que miraban, sin duda eran pescadores.
El barco avanzaba suavemente, sentado en la proa pensaba como renuncie a lo que de verdad quise
ser, me había pasado la vida calculando porcentajes y estadísticas para una
compañía de seguros, un trabajo mecánico y sin imaginación, un autentico
manicomio de cuerdos. Pero ahora , camino de la isla se iba apoderando de
mi una sensación que no sabría precisar, algo
parecido a una tristeza, pero una tristeza alegre, feliz, que me traía de nuevo a mí mismo.
Por fin, la isla apareció en el horizonte, una fina línea
ocre flotaba sobre el agua, parecía mecerse al ritmo de las olas, como si de un espejismo se tratase, sus casas blancas
estaban diseminadas por doquier, como si una inmensa mano hubiese mojado sus
dedos en pintura blanca y los hubiese sacudido sobre la isla.
El barco atraco en el muelle, todos bajamos formando
un compacto grupo en el embarcadero, me sorprendió no ver ningún tipo de
control a la entrada, nada de gendarmes con cara de palo que te hacían las
preguntas de rigor , solo un niño con un cubito verde sobre la cabeza flanqueaba
la entrada a la isla mirándonos con distraída atención, nadie se movía, el grupo de sardinas
enmudeció, miraban al niño con una mezcla de curiosidad y temor, se movían
indecisos por el muelle sin atreverse a pasar,
como si una barrera de acero se interpusiera entre ellos y la isla, los pescadores pasaron cruzando una mirada cómplice
con el niño. La escena parecía irreal, como sacada de una cuento infantil.
Junto al embarcadero había una escalera que bajaba a la playa, los turistas
decidieron entre bromas forzadas bajar a la playa antes de pasar a la isla,
después supe que nunca entraron, se volvieron en el barco de la tarde. Yo estaba en una esquina apoyado sobre la
barandilla, dudaba que hacer, me acerque
al niño sin saber que le diría, este me miro muy serio, toco el cubito con las
manos y me dijo, pasa Pedro, Anastasio te esta esperando.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






































