domingo, 1 de octubre de 2017

Anna Whitaker


El aduanero de isla fantasia



El aduanero de isla fantasía.
El barco zarpo  temprano, violetas, azules y  amarillos  izaban suavemente del horizonte un nuevo día, el pasaje lo componían un grupo de turistas y otras personas que  supuse serian lugareños,  gente que habitaba permanentemente en la isla a la que nos dirigíamos y desde donde yo había recibido la carta de mi amigo Anastasio en la que me invitaba a visitarlo.
El grupo de turista se movía apelotonado de babor a estribor,  como si de un banco de sardinas se tratase, disparando compulsivamente sus móviles sobre ellos mismos, forzando una risa, que más se parecía a una gimnasia facial que a una muestra de alegría, por su aptitud,  parecía que venían a conquistar la isla y no a disfrutarla.
El otro grupo, los que supuse lugareños, portaban macutos y pequeñas bolsas hechas de cuerdas, como si fueran redes de pesca donde guardaban sus provisiones, era un grupo de unos treinta entre hombres mujeres y niños, delgados y de piel muy morena,  gente muy tranquila, de ojos pardos, que parecían acariciar las cosas que miraban,  sin duda eran pescadores.
El barco avanzaba suavemente,  sentado en la proa  pensaba como renuncie a lo que de verdad quise ser, me había pasado la vida calculando porcentajes y estadísticas para una compañía de seguros, un trabajo mecánico y sin imaginación, un autentico manicomio de cuerdos. Pero ahora , camino de la isla se iba apoderando de mi   una sensación que no sabría precisar, algo parecido a una tristeza, pero una tristeza alegre, feliz,  que me traía de nuevo a mí mismo.
Por fin, la isla apareció en el horizonte, una fina línea ocre flotaba sobre el agua, parecía mecerse al ritmo de las olas,  como si de un espejismo se tratase, sus casas blancas estaban diseminadas por doquier, como si una inmensa mano hubiese mojado sus dedos en pintura blanca y los hubiese sacudido sobre la isla.
El barco atraco en el muelle, todos bajamos formando un compacto grupo en el embarcadero, me sorprendió no ver ningún tipo de control a la entrada, nada de gendarmes con cara de palo que te hacían las preguntas de rigor , solo un niño con un cubito verde sobre la cabeza flanqueaba la entrada a la isla mirándonos con distraída atención,  nadie se movía, el grupo de sardinas enmudeció, miraban al niño con una mezcla de curiosidad y temor, se movían indecisos por el muelle sin atreverse a pasar,  como si una barrera de acero se interpusiera entre ellos y la isla,  los pescadores pasaron cruzando una mirada cómplice con el niño. La escena parecía irreal, como sacada de una cuento infantil. Junto al embarcadero había una escalera que bajaba a la playa, los turistas decidieron entre bromas forzadas bajar a la playa antes de pasar a la isla, después supe que nunca entraron, se volvieron en el barco de la tarde. Yo  estaba en una esquina apoyado sobre la barandilla, dudaba que hacer,  me acerque al niño sin saber que le diría, este me miro muy serio, toco el cubito con las manos y me dijo, pasa Pedro, Anastasio te esta esperando.